El faro de Punta Delgada en Alegranza./ A. PALLARÉS

 

El faro de Punta Delgada, llamado también ‘de Alegranza’ por ubicarse en este islote del archipiélago Chinijo, forma parte de los bienes de interés cultural de Canarias con categoría de monumento. Solitario y deshabitado en una isla deshabitada, tuvo, sin embargo, inquilinos y hasta vecinos.

 

El faro de Punta Delgada tiene su fecha de inauguración (esto es, primer encendido) en un lejanísimo verano: el de 1865. Transcurridos 140 años desde entonces, sus paredes han acogido a muchas generaciones de torreros –así se les decía– con sus familias, viviendo largas temporadas en un aislamiento casi absoluto que sólo rompía el barco de los suministros, o algún barquillo de pescadores de La Graciosa. Como vecinos sólo tenían al medianero que, en esos mismos años, criaba cabras o cultivaba cebada para hacer cerveza en Las Palmas. Solitario y deshabitado en la actualidad, el faro sólo sirve de alojamiento eventual a vigilantes de Medio Ambiente que observan y velan por la tranquilidad de las pardelas que nidifican en el islote.

 

Automatizado su funcionamiento como faro, el edificio que lo alberga no tiene ningún otro uso previsto en el futuro inmediato. Sin embargo, forma parte del patrimonio arquitectónico de Canarias y como tal ha sido declarado Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de monumento. Así lo dice el Real Decreto 1411/2002 de 20 de diciembre, que describe la torre ”de forma cónica de color gris a la que se le adosa en el SE la vivienda de la persona torrera. Posee una linterna octogonal que ilumina un arco de horizonte de 20º entre NO y el SO por el E. Estos datos que figuran en el anuario del Instituto de Hidrografía –añade la declaración de BIC que promovió el Ministerio español de Educación, Cultura y Deporte– son uno de los pocos documentos que existen sobre esta señalización marítima“.

 

En realidad, frente a esta afirmación del Real Decreto que subrayamos, sí que hay un buen número de documentos sobre el faro de Punta Delgada: los que escribieron de su puño y letra, día a día, los fareros aquí destinados desde el último tercio del siglo XIX, volúmenes que recogen el testimonio directo de quienes sirvieron en duras condiciones de soledad. Se trata de documentos como el Libro Diario del Servicio Nocturno (el torrero auxiliar escribió el parte meteorológico del 24-IV-1870: ”Niebla densa. Mar cabrillada“) o el Libro Registro de Comunicaciones (el farero pide el 4-V-1937 una carabina y munición para 20 tiros ”para la defensa del personal de este establecimiento, máxime en faro tan aislado (…) en una isla deshabitada“).

 

Gustar o volverse loco

También está el testimonio oral del antiguo personal que aún vive, para contar sus años pasados en tan singular paraje como es Alegranza, en la actualidad protegido e integrado en el Parque Natural del Archipiélago Chinijo. Agustín Pallarés Padilla (quien, por cierto, sitúa la fecha de inauguración del faro un 30 de julio, frente al 30 de abril que cita el Real Decreto) llegó en 1937, siendo un niño de nueve años, porque su padre había sido destinado aquí tras salir del campo de concentración de Gando, donde había sido recluido tras el levantamiento militar de julio del 36. Allí tuvo, reconoce, una infancia feliz: tanto que se hizo torrero y pidió destino al mismo lugar. ”Si te gusta vivir en un sitio aislado, te gusta la lectura y la vida natural, vives bien. Al que no le gusta se vuelve loco y, francamente, a mí me gustaba“.

 

Y a propósito de las pardelas que se citan al principio de este artículo, Pallarés es un gran conocedor de esta ave e incluso ha escrito sobre ellas, como también es un experto de la toponimia del lugar: tuvo años para aprender. ”Ahora están protegidas. En los años que estuve yo allí la caza de la pardela estaba regulada y pertenecían al dueño de la isla, Manuel Jordán, salvo el territorio del faro, que está expropiado y era de un kilómetro cuadrado aproximadamente: esas las cogíamos nosotros, comíamos las que queríamos. Tiene una condición muy curiosa: al que le gusta, le gusta con locura; para el que no le gusta, es lo más repugnante que hay“./ Yuri Millares



ESCRITO EN PIEDRA

Olas hasta en el pararrayos

Agustín Pallarés, servidor del faro de Alegranza desde mediados de los 50 hasta principios de los 80, dormía bajo la torre ”tan pegado al mar, que cuando estábamos de permiso echábamos tan de menos el murmullo de las olas que nos costaba dormir“, dice en un plural que incluye a su esposa. Sus turnos de trabajo eran los que libraba el otro farero de servicio, José Olivera Jalón, cuya mujer, Carmen Fuentes, recuerda aún hoy horrorizada el temporal diciembre de 1959. ”Me desperté porque sentía el agua dando en el muro del faro –relata–, y le dije a mi marido: ‘¡Pepe, el agua tiene que estar llegando aquí a casa!’. Me asomé por la ventana y efectivamente: ‘¡Mira, está el agua en el pararrayos!“ Todo quedó en un susto, pero no le faltaron ocasiones para desesperarse, como una vez que tuvieron un hijo enfermo y encendieron unas hogueras para pedir auxilio. ”Una significaba enfermedad, dos era gravedad y tres muerte –explica– y mi marido, el compañero Agustín Pallarés que estaba con él y el ordenanza [Francisco] hacían tres porque ya no sabíamos ni qué hacer, los tres arriba en la montaña“./ Y. M.